Creeping heart and frozen perfection

28May09

Llevaba toda la mañana haciéndolo. Al poco de descolgar el teléfono debía decirlo, una y otra vez. El ritual empezaba con la frase “Siento ser yo el que se lo diga, pero…” Él era el recepcionista del hotel y pensó que, ante esas circunstancias, debería haber un sobresueldo en alguna cláusula de su contrato. Pensó en comprobarlo al llegar a casa, pero al poco volvió a sonar el teléfono y desistió. De nuevo, alguien preguntaba por el cliente de la 508, el que se había suicidado de madrugada. Y, de nuevo, entre el murmullo de policias del vestíbulo, era él el encargado de dar las malas notícias. Esta vez se trataba de una llamada por negocios para el fallecido. No todas las llamadas de esa mañana habían sido, dentro de lo que cabe, tan ligeras. Su mujer había llamado. Su madre. Su hija mayor, de erasmus fuera del país. Todos y cada uno de ellos habían llamado, como cada mañana, para desearse un buen día, entre cafés y tostadas matinales; y a todos y cada uno de ellos él, el recepcionista, había sido el encargado de comunicar el trágico suceso.

Lo que al principio fue una experiencia emocionante y morbosa no tardó en convertirse en algo tedioso y repetitivo. Una llamada tras otra, todas similares. Llegó a confundir nombres, personas y voces. Daba igual. Era lo mismo, llamase quien llamase, llorase quien llorase. Al fin y al cabo, ¿qué importaba?

Poco a poco empezó a sentir el peso de una llamada tras otra. Conversación tras conversación, entre llantos, empezó a conocer al fallecido. Su madre le había hecho una tarta de manzana que jamás podría llegar a saborear. ¿Cuán trágico era eso? De repente, algo nuevo pasó por su cabeza. ¿Por qué se habia suicidado el cliente de la 508? Sintió que era una duda que no podía quedarse sin respuesta. Todos y cada uno de sus allegados se habían acordado de él esa mañana. Analizó de nuevo todas las llamadas que había recibido esa mañana; esa vida que, mediante fragmentos de voces rotas y engoladas, había conocido en las últimas seis horas. No llegó a ninguna conclusión. El cliente de la 508 parecía tener una vida perfecta; de perfección plástica y sintética.

Siguió pensando en ello durante el resto de su turno. Siguió pensando en ello de camino a casa en taxi y mientras veía sin mirar la televisión en su salón. Pensó en ello al acostarse, y no llegó a ninguna conclusión. Llevaba toda la mañana haciéndolo. Dando malas notícias.

Esa noche no pudo dormir. Esa noche lloró al muerto.

Anuncios


No Responses Yet to “Creeping heart and frozen perfection”

  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: