Molly Ringwald
Viendo “Sixteen Candles” por quinta o sexta vez he descubierto, finalmente, qué es lo que me fascina tanto de Molly Ringwald.
No creo que sea la media melena, ni mucho menos la mirada penetrante de una actriz en ciernes inundada de afectación posh adolescente. No creo que sea el hecho de que es pelirroja (cualquiera que me conozca bien sabe mi debilidad por las pelirrojas, quizás a causa de alguna especie de instinto de supervivencia racial: estamos desapareciendo inexorablemente). Durante un tiempo estuve convencido de que era por el truco del pintalabios y por su forma de bailar en “The Breakfast Club” pero, aunque realmente soberbio, no creo que sean las razones definitivas. Tampoco sus pecas, o cómo le sienta el rosa.
Lo que me fascina de Molly Ringwald son aquellas pequeñas arrugas a los dos lados de los labios, que tan sólo aparecen cuando sonríe o cuando llora. Dos pequeñas arrugas que cuestan esfuerzo y sudor sacar a la luz. Dos pequeñas arrugas que, aunque anticipando la flacidez de la carne cuando se llega a la treintena, no pueden sino ser el gran estandarte de Molly en pro de la juventud, de lo teen, de la maravilla adolescente y la pureza de la piel tersa.
Dos pequeñas arrugas que me recuerdan a alguien a quién llegué a apreciar mucho y a quién aún debo demasiado. Alguien de quién no sé nada desde hace años.
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